1 de agosto de 2013

Negro.

–Yo sé que algún día, terminaras engañándome– Dijo con toda naturalidad al tiempo que cerraba su libro. Yo aparté la vista de mi sandwich de atún y la miré aturdido, con rapidez tragué lo que había en mi boca y respondí:
– ¿¡Qué!? – Mi voz sonaba seca y distorsionada. Ella asintió varias veces con la cabeza, como si ese gesto respondiera a todas mis preguntas. Se limpió la boca y me miró fijamente a los ojos.
Ella, mi novia, aveces hacía eso; mientras se encontraba absorta en un libro, una película o un pensamiento profundo, decía frases concretas de sus pensamientos turbios y complicados. Cada vez que decía algo así trataba de explicar la razón de su respuesta, pese a que fuera una razón rebuscada o una conclusión incompleta. Aveces se pasaba horas explicando con exactitud todo, aunque en realidad la idea no tuviera explicación alguna. 
Yo en cambio no soy ese tipo de persona. Suelo no divagar en ningún pensamiento y soy de ideas concretas y claras. Por ejemplo, si algún día saliera con ella a un museo y hubiera un cuadro completamente pintado de negro que, naturalmente, su tarjeta blanca tuviera impresa la leyenda "Titulo: Negro" Yo diría: 
          –Mira, es negro.
–Mhh... Podría no ser negro. Quizás es un azul muy obscuro. – Respondería ella.
–¡Pero! Es negro, míralo. En el título dice "Negro". Es negro. 
–No lo sé. Quizás. 

Me levanté de la mesa y me senté en la silla más cercana a ella.
–Explícate
–Mhh...– Tomó la lata de cerveza y la ladeo como si fuera una copa de vino – Pues, realmente no es tan complicado. 

La había conocido un día en el instituto, cuando le gustaba llevar el cabello corto... muy corto, de hecho eso era lo que me había atrapado de ella. Recuerdo que cuando giraba la cabeza podía ver con claridad toda su orejita, sin perder detalle alguno de ella, también su pómulo alzado le resaltaba más y su sonrisa se veía más grande. Iba caminando cuando me la topé de frente. Siempre decía que le había gustado en el acto. "Sí – decía ella asintiendo – Recuerdo que pensé que eras un chico realmente guapo, después mi amiga me contó que eras muy listo y agradable, lo que sólo empeoro las cosas. Yo quería.... no, yo debía conocerte" Al final su amiga, que iba conmigo en un curso extracurricular nos presentó y al poco tiempo no hicimos pareja.

– Quizás nunca te he gustado.
– ¿Lo crees? – Respondí.
– Sí... Quizás sí. Piénsalo. Yo te busqué, yo te encontré. No me enamoraste, yo me enamoré.
– Entiendo a lo que te refieres. Pero tú me gustas. Me gustabas. Ahora, antes y...
– Mhh – frunció el ceño un poco – Pero no lo entiendes. – Sentenció – No lo haces.– Tomó un sorbo de cerveza y siguió hablando.

Nos veíamos casi siempre en su apartamento. Me gustaba estar con ella todo el tiempo posible, porque no me sentía incómodo a su lado, al contrario, estar con ella era de lo más natural que hacía desde siempre. Era más fácil que respirar. Al principio, tratamos de vernos también en mi apartamento, pero la verdad es que eso no pegaba; estando con ella ahí, no me acomodaba en el sillón, no me sentía cómodo en el baño y mientras hacíamos el amor me daban unos calambres tremendos. Después, cuando no salíamos a dar una vuelta, se volvió natural sólo vernos en su apartamento, como un acuerdo.

– Sé que no te sientes totalmente cómodo conmigo.
– Estas equivocada... – Traté de tomarle la mano pero ella la alejó.
–Pero eso no es todo – prosiguió– Sé que lo has hecho antes.... y que no te importará hacerlo después.
Por un momento reinó el silencio. "¿Qué lo he hecho?"
– ¿A que te refieres? – Pregunté  – ¿Qué quieres decir...?
– Me has engañado antes. Y siempre lo hacen en tu apartamento... y te conozco, no es con cualquiera, es con sólo una chica. Podría jurar que ella tiene una relación con alguien que conoces y...
–¿¡Qué!?– Respondí molesto – ¿¡Lo dices en serio!?
Ella no respondió. Se quedó mirándome a los ojos, como si buscara la verdad que ella había concluido. Lancé un hondo suspiro y le besé la frente, pero ella no se movió ni un ápice. Parecía que todo lo que pudiera emanar de mi boca le pareciera algo irrelevante y que mirarme a los ojos era lo único que podía hacer, o lo único que yo merecía de ella. La besé en los labios, pero ella los apretó con fuerza. Me mantuve cerca de su boca, tocando su nariz con la mía cuando de pronto ella comenzó a besarme. 
Ese día hicimos el amor en el sofá, en el piso de la sala y terminamos en la ducha.

Al otro día el teléfono me despertó a las 8:37 de la mañana.

–¿Bueno?
– Hola – dijo la voz. –¿Nos podemos ver hoy? ¿O debes salir con...?
–Claro. – La interrumpí – No creo volver a verla. – Respondí.
–Oh. Lo siento – dijo ella como disculpándose – ¿Terminaron? ¿ Se enteró?
– No… No del todo.  

19 de junio de 2013

Parte 2

La última vez que se habían visto fue meses atrás, cuando por casualidad se encontraron en la escuela.
Ese día ella subía las escaleras para buscar a su profesora de Química, consternada por un tema que llevaba tiempo intentando entender.
Por el pasillo de ventanas abiertas el sol alumbraba perezosamente, tiñendo todo de un color anaranjado... los rayos se extendían por el pasillo irradiando una sensación triste, como si el astro mayor estuviera aturdido o tal vez cansado por sus turnos interminables 12x12, sin tener momento para descansar. Aún faltaba tiempo para obscurecer, el reloj marcaba las 7:00p.m. (horario de verano) pero ella ansiaba irse rápidamente: el tiempo en el Instituto los últimos días de clase parecía lento y cruel, afanoso en burlarse de todos. 
Xitlali estaba pensando alternadamente en qué le preguntaría con exactitud a la profesora, se preguntaba por qué había asistido al colegio si sabía que sólo habría dos clases y por qué diablos no investigaba sola ese tema para largarse rápido de ahí. 
Se detuvo en seco. Quizás la profesora no había llegado, pese a que debía estar en ese salón quizás no estaba... pero eso no importaba. Caminó a la derecha para ir al edificio de Química, en vez de caminar a la salida; subió por las escaleras a un tercer piso y ahora ella estaba parada al inicio del pasillo donde su salón era la cuarta puerta. "Ya estoy aquí, no puedo regresar sin dar un vistazo. Ya está hecho, sería más inútil regresar ahora"

–Xitlali.– Escuchó detrás suyo.
–¿Cesar?– Respondió en seguida, al tiempo que giraba sobre sus talones. Y ahí estaba su chico: recargado ligeramente en el barandal, con un pie en el primer escalón y el otro en el siguiente, mirándola como siempre con aire insatisfecho... como si algo le faltara no a él, no a ella, si no al mundo. Apenas asintió cuando una oleada de calor le trepó desde el estómago hasta el pecho... estar ahí tenía sentido. Había ido a la escuela por dos clases para poder verlo y él no había llegado, no había subido esas escaleras para buscar a su profesora: lo buscaba a él. Se sentía patética. Cesar apresuró el paso y se detuvo delante de ella.
– Tengo una duda, iré con la profesora. 
–Mhhh – Respondió mirando a un lado – Estábienvale... te acompaño, yo iba con mi profesortambién.–Cesar hablaba rápido aveces, atropellaba las sin piedad tal cual como si alguien desesperadamente le empujara la lengua al hablar. 

Después de que cada uno hubiera resuelto sus dudas, se encaminaron a la salida. Distante el uno del otro se arremolinaban en silenció por el pasillo, sin tocarse. Afuera de la escuela se encontraron con sus amigos del instituto. Con ellos habían pasado el primer y segundo año juntos, en el último año habían cambiado de rumbos por las carreras de cada uno, pero cuando se encontraban y hablaban, parecía que el año no los hubiera distanciado. Xitlali estaba callada, siguiendo la conversación y sonriendo de vez en vez, pero no se atrevía a pronunciar palabra. Finalmente, pese a que su clase había finalizado a las 7:00p.m. (30 minutos antes) ella había tomado el autobús a las 8:55p.m.

Ahora él estaba delante de ella... bueno a unos 7 u 8 metros delante, mirando no sabía qué pero mirando como era su costumbre: Incompleto. Ella lo vio al inicio por el rabillo del ojo, inclusive había pensado "¡Miren! ¡Ese de ahí se parece a mi novio!", pero entonces el levantó la cabeza y miró la linea pegada al techo del anden: era él.

Llevaba tiempo sin verlo, meses tal vez. Sus amigas decían que ese chico de ahí ya no era 'el chico de Xitlali' sólo era un chico, pero ella sabía que ese de ahí era su chico. No lo había visto ni una vez, pese a que en el instituto se la pasaban juntos ahora no se encontraban a fuera, el día de su encuentro en Química ella se había convencido que ese beso y ese leve 'Adios' con la mano había sido la despedida total, definitiva :"Zayonara, beibe", y eso no la había hecho sentir mal, de hecho era una forma de consolar y evitar la despedida verdadera... pero no era así. Ella recordaba cuando intentó concluir definitivamente y recordaba también lo que él le había dicho. 
–Debo suponer que se acabó...–dijo ella
–No. ¿Qué te pasa? No te quiero perder, te quiero... Deverdad me importas mucho.–

Ahora estaban en el mismo vagón, a unos cuantos metros de distancia y ella no le diría 'Hola'. Juntos se atropellaban sus palabras, juntos se abandonaban en silencio, se besaban a escondidas y se arremolinaban en silencio como nubes. "Parecemos nubes, –Tarareo Xitlali– que se las lleva el viento, cuando hay huracanes, cuando hay mal de amores" Desvió la mirada de Cesar y miró de nuevo su libro.

Cuando Cesar la vio ella debía apearse dos estaciones más adelante: sabía donde vivía. Xitlali miraba su libro con aire ausente sin siquiera haber notado su presencia, aveces era tan tonta. El tiempo se agotaba, una estación más y su oportunidad se terminaba. Tomó su celular y cambió de canción... Aún faltaban unas cuantas estaciones para llegar a su destino.


14 de junio de 2013

Parte 1.

Hola gente que lee mi blog. En esta ocasión les dejo una narración que he escrito en mi tiempo libre, la mayoría de las veces empiezo escribiendo lo primero que me llega a la mente y la inspiración brota sola, espero que les agrade.
Los borradores los tengo en un cuaderno y cada narración es una Parte. La obra en general (el cuaderno) no tiene nombre pero el personaje principal es siempre la misma: Xitlali.


Parte 1:
La gente del vagón se balanceaba en la misma dirección en la que el metro se movía. Sus hombros chochaban entre sí, pero todos se ignoraban: para ellos así era el metro. Viajar en el transporte colectivo a esa hora de la tarde, cuando indudablemente el metro iba lleno, significaba chochar y rozar el cuerpo con un ente desconocido que de cierta manera significaba un obstáculo en su camino a casa. El metro, el transporte colectivo... Su transporte (desgraciadamente) colectivo, en unidad se expresaba así: en un sin fin de roces incómodos en un lugar incómodo. Junto a cada uno de ellos, un ser desconocido hedía a "Dios sabrá qué" y por supuesto, exteriorizando su presencia, olía así "Dios sabrá porqué". Mientras tanto en el vagón donde cada entidad ignoraba por igual al prójimo, el hedor subía y se asentaba en el techo, que a su ves se entremezclaba con la humedad que el sudor, que el calor provocaba. Sobre sus cabezas un espeso gas se mecía al unísono de ellos. Cada cual con su cada quien hablaba de su tema, creando un rumor extraño y de volumen alto que se extendía por todo el vagón y por cada estación, y a su vez se sumaba al ruido del siguiente tren, en la siguiente linea y en la siguiente salida: El rumor de las voces, producida por entes inexistentes en unidad pero importantes en comunidad, se excedía más allá del espacio actual, comprando la relatividad tiempo/espacio.

- El metro, es como entender la mente humana- balbuceó Xitlali.

El hombre a su lado le lanzó una mirada rápida como una ráfaga. El llevaba un portafolios en las piernas y un traje roído, que podía deducirse (con argumentos válidos) que en realidad no era un traje suyo si no de su abuelo de 1.54mts de altura (unos 10cm más pequeño que el actual portador). Apenas alcanzó con la mirada a la mujercita que ávidamente había hablado como si se encontrara sola en su apartamento cuando el metro se movió bruscamente, obligándolo a mirar el portafolios y sostenerlo antes de que cayera. La mirada duro un segundo aproximadamente y desapareció, dejando un aura extraña entre los dos. 

Xitlali se sintió observada por unos instantes pero después la sensación desapareció, así que no le tomó mucha atención. Quizás había vuelvo a pensar en voz alta. Sí quizás había hecho eso, pero no se atrevió a considerarlo seriamente: había hablado (si es que en verdad había abierto la boca) de algo que sólo ella entendía, algo que se plasmó en su cabeza durante todo su viaje porque ese pensamiento la había hecho sentir completamente sola. "Sola..." Suspiró para alejar sus cavilaciones a otro lado.

El hombre del traje roído había ido a una encuesta de trabajo ese día y había recibido la misma respuesta que ayer: "Nosotros le llamaremos" ¿No podían mejor decirle "Olvídelo"? Sería más rápido... o algo así desgarrador pero directo como "Es usted grande y hay 10 licenciados más jóvenes que usted aspirando a éste empleo. ¡Qué digo! Los vio en la entrada ¿Cierto? Ya lo sabe. Usted tiene experiencia, 13 años en la misma empresa, empresa que fue demandada por fraude, un fraude grande donde la mayoría de los empleados estaban involucrados. Aquí entre nos ¿Estaba implicado?... Mhh, parece que no, pero por si acaso... Dejémoslo así. Haga otra cosa. No es el único: hay 2.5 millones de desempleados en el país, no lo olvide: no está solo. Bueno, tal vez sí."
-Mentalidad humana ¿He? - dijo entre dientes. 

Delante de ellos una señora de edad avanzada los miraba. Escuchó el primer dialogo y el aura del vagón cambió, después casi como un eco escuchó la respuesta entre dientes... Entonces lo sintió. Miró con curiosidad a la niña que al entrar al vagón la había empujado: una muchacha de unos 14 años de edad que estaba parada delante de ella (atrás de Xitlali) sosteniéndose del tubo, mirando la puerta. No era la única persona en el vagón que la hacía sentir así, después de ser empujada caminó por el pasillo y encontró a un hombre que se hallaba sentado en el lugar que ahora ocubaba; lo había mirado con rabia, con recelo. "Tu abuela se a de morir parada" dijo con voz apenas perceptible, entonces el hombre se levantó con desgana y con una sonrisa falsa le cedió el asiento. "Bajo en la que sigue" dijo, pero la abuela y el sabían que no era cierto. Ahora la anciana miraba con aire lejano a todos en el vagón, sintiendo un hueco enorme... La verdad es que era sólo una vieja. 

Xitlali miró a la anciana delante de ella y sonrió como acto reflejo, pero la anciana no la miraba a ella. Miraba algo, quizás recordaba algo lejano a ese lugar, a ese momento... algo en otro mundo.

A un lado de la abuela una señora de 30 años se sentía abrumada. Desde que entró al vagón el calor y el sudor ajeno le había causado mareos, también (para mala suerte) ella iba de espaldas... el metro avanzaba al norte y ella miraba al sur. Después de tanto tiempo casada y de dar a luz a 3 niños su matriz se había vuelto un ser de quistes, por lo que se lo habían extirpado meses atrás, lo que le había adelantado su menopausia y ahora un bochorno se apoderaba de ella. Lo detestaba. Apenas notó el dialogo de Xitlali pero escuchó claramente lo que el hombre de traje respondió. Con indiferencia miró a la Abuela sentada a su lado, esperando un gesto de desaprobación  antes el monologo del "Asalariado", pero solo percibió tristeza honda y amarga. Frunció el ceño y miró a la joven sentada a un lado del hombre, pero al ver su rostro entendió que fue la única que escuchó el comentario. Debía bajar en la siguiente. 

Cuando la mujer bajó, a la siguiente estación la abuela se apeó y tres estaciones adelante Xitlali abandonó el tren. 
Xitlali subía las escaleras cuando la mujer menopáusica besaba a su hija en señal de saludo; Xitlali salió de la estación cuando la anciana le decía al hombre del taxi "¿Cómo que no hace descuento de Mayor de Edad?"; Xitlali buscaba las llaves de su casa cuando el hombre de cabeza raleada se amontonaba en la salida del metro en la última estación.

"Mhh, no. Más bien es como entender la Realidad humana" Recapacitaron, tarde o temprano, cada uno de ellos. 

26 de mayo de 2013

Mi querida Chatita.

Hola!
Bueno, pues el día de hoy me honra presentarles una carta que encontramos mi familia y yo buscando entre los papeles de mi Abuela. Se trata de una carta que le envió mi Abuelo y que nos deja una pequeña prueba de lo que es el amor de antaño... Ojalá les guste y que mi Abuela y mi Abuelo no se enfaden por publicar sus amoríos (Cx) 


5 de marzo de 1948

Ciudad Serdan Pue.
Señora:
Élsa María de la Vega
Esperanza Pue.

Mi querida Chatita:

No sé cómo expresarte mis sentimientos pero sí sólo quiero desearte recuerdos que es lo que más que tengo de ti; y también hacerte presentes mis sufrimientos, que hasta ahora he padecido por tenerte lejos. Pero me basta el pensar que pronto regresarás al hogar que tanto te extraño y que en mi modo de pensar, estando tú aliviadita, sabrás dar vida como siempre lo has hecho a todo lo que me rodea que cada día está más solido y triste; tú bien sabes mi chatita, que estando tú, que hermosa nos parece la vida. Conozco tu angustia y creo que tú también piensas en que pronto llegue el día en que estemos juntos para gozar de la felicidad que Dios bendijo; pero ya ves qué lento va pasando el tiempo y los días angustiosos de la espera, se hacen años pero qué quieres que hagamos mi viejita esperar que esos lapsos de vida los extermine el tiempo y ya estando juntos, darte muchos besos (si es que tu salud me lo permite).
Ahora me he visto algo apurado y un poco mal en mis asuntos pero espero en Dios, que pronto se pasará todo y entonces, gozar de la felicidad a que también tenemos derecho.
Sigue pensando en que pronto estarás bien, que yo con el deseo de volver a verte me despido de ti.

Tu chato que te quiere.
Juan Manuel Bello.

24 de mayo de 2013

Encontrarse.

Recordaba el acompasado golpeteo de su pelvis contra la suya. 
Había estado sobre de sí en vez de estar sobre de ella. 
Ella sentía el calor contra su pecho, una fina capa de sudor de su espalda en sus pantorillas, el perfecto encaje de su cuerpo sobre del suyo. Ella lo había sentido de la piel hasta el alma... 
No era la primera, tampoco sería la última. Siempre cabía la posibilidad de encontrarse o encontrarse de nuevo... Pero no sería la primera; de su encuentro, de su cuerpo.
Se perdía en espasmos, él se perdía. Ella  no se encontraba. 
Beso tras beso ella lo buscaba en silencio pero no gritaba su paradero; quizás para no guíarla, quizás para no encontrarla, quizás para no perderla... Pero no gritaba. 

Buscaba... Pero ya no estaba. 
Nada. De nuevo, de él, no encontró nada. 


8 de mayo de 2013

Buscando formas


“Se había enamorado como toda mujer inteligente: como una idiota”

Se quedó mirando el aire, buscando las formas que podía adquirir el oxígeno en aquel rincón del Café. Nadie se había detenido a pensar qué estaba haciendo la mujercita que miraba atontada un hueco vacío de la pared contigua a la que estaba sentada, nadie la había mirado porque en una Cafetería a rebosar de gente a ninguno de ellos le importaba lo que el otro estuviera haciendo, sin embargo ella se encontraba apacible con un vaso del mejor café de la casa mirando al aire. Eran mediados de Junio y por eso ella estaba ahí sola. Pensándolo bien se acordaba muy poco de su nombre. Nadie recuerda su nombre en los momentos como esos cuando piensas en todo y en nada, o cuando no estas haciendo algo importante donde debes llenar formas con tu nombre o pagar alguna deuda al banco. “Señorita, disculpe. Sé que está ocupada tomando un café y mirando el aire anonadada pero dígame ¿Cuál es su nombre?” Nadie le preguntaría eso, jamás y eso le aliviaba porque siendo sinceros no recordaba su nombre. Si le dijeran eso ella se atragantaría con el café, miraría a su alrededor esperando una palmada de alguien en su hombro para poder así recordar quién es y por qué esta ahí, pero nadie estaba a su lado, nadie podía asegurar que ella era de verdad ella, mas que Alicia, pero en su interior esa soledad se la tragaba viva desde las entrañas. Tomándolo con más calma, ella no sobreviviría a una pregunta de esa índole. “Gracias Dios por evitar que alguien se acerque a mi, gracias por hacernos egocéntricos” pensó. Alicia quería verse completamente huraña, para que todo aquel que la mirara pensara: Esa mujer tiene mucho coraje, tanto qué está sola bebiendo café en un lugar tan transitado, dentro de sí ella no desea mi compañía, no desea ni mi palabra....
Alicia suspiró y bebió un grande sorbo de café. El café la ponía muy activa, la cafeína le hacia pensar esas barbaries. Después de todo nadie podía pensar eso y encontrarse en sus cinco sentidos, ella misma admitió para sí que sólo pensaría eso de todo corazón estando ebria. Con un ligero movimiento asintió al aire “Sólo ebria se pueden pensar esas cosas”, sin embargo ella no estaba ebria, estaba peor que ebria, estaba sola. Ojalá nadie se me acerque a preguntarme el nombre, suspiró para sí.
Salió de la Cafetería después de pagar el café y las donas que se había comido. Parecía que el día se había puesto en huelga, como si criticara al mundo por tomarle poca importancia a su corta vida y parecía que el clima se había aliado con él. Apenas se veía un poco el sol, el ambiente se sentía húmedo y frío, el cual quedaba al par con el ánimo de Alicia. Durante mucho tiempo esos días fueron sus aliados, para ella esos días sin sol y con posibilidad de lluvia le recordaban su naturaleza, su esencia. Aquella extraña atracción a sentirse deprimida le había traído muchos problemas a lo largo de su vida; siempre que ella decía algo como “Me gusta estar triste” o cuando iba sola por la calle a leer en un rincón desolado todos le decían “¿Quieres que te acompañe?” o “¿Estas bien? ¿Necesitas hablar de eso? No es correcto que te sientas triste”, las negativas a aquellas preguntas le habían costado inclusive amistades, le habían costado autoestima y a un precio muy alto.
“Nadie quiere estar solo” decían.
Ella tampoco quería estar sola, quería encontrar alguien con quien estar, alguien que aceptara su naturaleza Lobuna (en términos de Hermann Hesse). No, no es que le faltara en su vida a alguien al cual llamar amigo o que no tuviese en su momento alguien a quien llamó amor, pero al final en esos días donde su belleza solitaria salía a flote ellos se alejaban por razones diferentes; algunos se iban para no volver, otros sólo se distanciaban, pero al final se quedaba relativamente sola, pero sola finalmente. Si alguna vez dijo: “No, deseo estar sola”, o “Me siento bien así” en esos momentos se arrepentía de aquello y si tuviera la oportunidad gritaría al mundo que detestaba la soledad que se había impuesto. Alicia dio la vuelta en una esquina para llegar a la avenida principal, al tiempo dirigía la mirada al sol en el horizonte: estaba a punto de obscurecer. Entonces negó con la cabeza. En realidad no se arrepentía de encerrarse en su soledad.

“Algunos lo querían como hombre distinguido, inteligente y original; pero se quedaban aterrados y defraudados cuando de pronto descubrían al lobo”.

Volvió a suspirar porque realmente no deseaba recordar eso. No quería pensar en algo que había leído años atrás. El lobo estepario es a grosso modo la vida de Hermann Hesse vista desde el momento más inoportuno de esta, cuando él deseaba compulsivamente la muerte sin sentirse capaz de llegar al suicidio. Muchos hechos de su novela coinciden con momentos de la vida de Hermann Hesse, y por eso se cree que en gran parte la vida de Harry Heller es en resumidas cuentas la vida del autor.
Siguió caminando por la calle larga mientras pensaba en eso que no quería pensar. Alguien se había sentido así, en un mundo dramático como lo es el mundo de la novela, pero pese a todo el la entendía, dramáticamente había sido ella. No podía parar de sentir empatía por aquel hombre que se había plasmado en el personaje de su novela.
El eco de sus tacones resonaba en la calle y se dio cuenta que estaba sola en la calle. Sola, ciertamente, pero Hesse la acompañaría a donde sea. 


3 de marzo de 2013

Mi locura


Traté de decírtelo desde hace mucho tiempo. Intenté incluso olvidar lo que era, intenté negarme cuantas veces pude hacerlo pero negarse siempre conlleva la verdad, como si la verdad y la mentira fueran uno solo, como si uno dependiera del otro y como si el otro no existiera sin el anterior. Mi enfermedad, como un perfume impregnado en mi ser, a pesar de no ser visible siempre estaba ahí y me trajo consigo toda la vida, nos abalanzó a un abismo largo y sin fondo, esperando que quizás nunca saliéramos de aquel imperturbable lugar. Ojala el tiempo justificara las heridas, ojala la verdad transmutara en mentiras; pero el tiempo no perdona y la verdad jamás transmuta... No lo hace y sólo me quema, me funde, me arrulla en un sueño del que algún día, jamás despertaré. Jamás.
            Podría estar enloqueciendo.
            Miraba nerviosa el reloj de manecillas como si su tic-tac me lanzara al precipicio de donde había planeado caer desde hace tiempo. Caer debe ser la solución a mis problemas. Cuando caiga, caerás conmigo y nos romperemos juntos; porque lo que nos mantiene unidos es eso.... Mi locura.

19 de enero de 2013

Jennifer.

Debía llevar al menos unas 3 horas ahí. Podía decir con exactitud cuántas veces había pasado ella por aquí; dos veces, cinco veces, otras tres... en sumatoria ocho veces. Había pasado ocho veces corrigiendo sus pensamientos.
-¿Qué quieres?- Se atrevió a preguntarle
-¿Yá me vez Jennifer? 
-Si, ya había notado tu presencia. Admito que conté tu vaivén; han sido 6 veces- Mintió, pero mentir no era problemático en ella. 
-¿Seis veces? ¿Lo aseguras?- cuestionó la bella chica que ya había sacado un cigarro y se disponía a encenderlo. 
-Podría dar mi vida. Ósea, aseguraría la apuesta con mi invaluable vida, a cambio de tú rostro incrédulo preguntándose sí es verdad eso, o tratando de contar las veces que viste mi cabello, las veces que viste la pared, las veces que suspirabas; sólo para al final darte cuenta que tus sumandos darían en total un número absurdamente diferente al mío. 
-Confesaré que no sé cuantas veces pasé delante de ti. Suponía que leer te era mas importante qué notar mi presencia, o siquiera contar mis paseos.
-Bueno Paulina, es que...
-No hables - le interfirió - Acaso... ¿Te estas burlando de mi?
Jennifer respondió con un movimiento imperceptible de hombros, cómo diciendo "¡Qué va!", cómo haciendo referencia a cientos de ambigüedades, cientos de cosas que ella misma diría para confundirla. 
- Entiendo que no contaste mis paseos ¿Cierto? Y sólo dices eso para burlarte de mi. 
- Conté hasta tus pasos. - Volvió a mentir
- Entonces ¿Cuántos han sido?- le cuestionó mientras salía el humo de su nariz
Ella no respondió. 
-Bah - exclamó Paulina tirando el cigarro al piso - Entonces han sido 6 vueltas las que he dado.

Paulina salió del lugar sin decir una palabra más; Jennifer se había burlado de ella, lo había hecho de nuevo cómo lo hacía siempre con la mitad de gente que se acercaba a el cuerpo escuálido de Jennifer: un cuerpo delgado, casi rayando en lo enfermo. 

Mientras tanto Jennifer se concentraba de nuevo en su lectura cuando notó algo raro en el papel qué utilizaba como separador de un libro cuyo titulo es "Pensamiento Socialista del Siglo XX". Había un signo de interrogación que se asomaba por la esquina sobresaliente del resto de hojas del libro, un signo de interrogación recalcado con la pluma cómo se recalca algo de suma importancia. Dejó el libro que leía a un lado, tomó la esquina del papel y lo sacó. En sí mismo el papel no tenía nada raro, estaba arrugado cómo lo está cualquier papel con el mismo fin: separar las hojas entre "leídas" y "por leer"; pero en una de sus caras se leía:

¿Alguna vez te has preguntado la definición de Locura?

Miró de nuevo la desafiante cuestión. Era esa su caligrafía. Las letras estaban moldeadas de la forma en que ella las hace para hacer referencia a una cita bibliográfica, aunque también utilizaba ese molde para escribir cosas importantes o que le gustan, igualmente escribía palabras al aire de esa manera cuando no tenía nada que hacer y cerca había un lápiz con un papel. Era difícil comprender porqué había escrito esa pregunta con esas letras casi románticas. El libro del cual sobresalía el separador improvisado lo había dejado de leer hace poco menos de un año, así que dudaba de la fecha de escritura, tampoco recordaba haber leído esa interrogante en el libro, dudaba que siquiera tuviese algo que ver con la lectura...
"No era ese...." pensó. "No, ese no era el separador que utilizaba cuando leía éste libro, usaba el separador con imán" Un vago recuerdo cruzó su mente, recordaba que había cambiado el separador de imán por la primer hoja que encontró en el escritorio; ese día debía ir a dejar a Paulina a la estación y quería leer un libro de Mitología Griega mientras estuvieran en el metro, pero un separador normal en el ajetreó del metro se caería a la primera tentativa, por eso había esculcado libro por libro para encontrarse con ese separador de flores rosas. 
"Así que era un papel en mi escritorio" Se dijo a sí misma, mientras se volvía a concentrar en la lectura. Sus ojos se detuvieron en la primer palabra que leyo: 

Locura

De nuevo la cuestión que le planteaba el pedazo de papel le nublaba la vista.
¿Por qué diablos había escrito eso? El hecho de que el papel se encontrara antes en el escritorio sólo le generaba más dudas; podía haber sido un fragmento de una película, podría haber sido sólo una cuestión que un día, meses atrás, se había hecho; pero eso no significaba nada ya que ella no hubiera escrito una duda sí no deseara expresar la respuesta. ¿QUE HABÍA MAL EN EL PAPEL?
Todo. Todo en ese papel estaba mal.
Miró el reloj y notó que desde la ausencia de Paulina había transcurrido una hora. Había pasado una hora mirando un papel. ¿Qué pasaba?
Trató, ahora con desesperación, de recordar que había hecho antes de aquel día del metro, buscaba alguna razón por la que esa pregunta estuviera escrita en aquel papel. 
Miró el papel, lo palpó intentando deducir qué tipo de papel era, quizá podría recordar dónde había escuchado eso y entonces entender el porqué lo plasmó o dónde lo plasmó (por ejemplo, si hubiese sido un papel reciclado, quizá lo había escrito en el trabajo porque esas hojas eran las que ocupaban en su empresa; sí el papel era delgado, casi transparente cómo el que usaba su novio para dibujar los planos de las construcciones que el diseñaba, entendería que la cuestión había sido planteada en el departamento de él) pero... Nada, del papel sólo se podía concluir que había salido de un sobre de plástico con título "Cien Hojas Papel Bond Blancas", y qué había sido doblado descuidadamente por (casi) la mitad, y eso último tenía su explicación ya que después de sólo ser una hoja blanca había pasado a ser "separador de hojas provisional" por lo que la misma Jennifer lo pudo doblar de esa manera en el idilio de haber hallado su lindo separador de imán.
Se asustó.
Su mente le jugaba una broma. 
¿No era eso lo que ella siempre hacía?
Sí. Eso es lo que ella siempre hacía; jugaba con las personas, les preguntaba cosas de las que ya sabía las respuestas sólo para verlos nerviosos. Les juraba en vano diciendo una mentira qué ella sabía que era mentira, pero los demás no lo sabían y por eso era muy divertido. Mentía cuando le rogaban las respuestas. Decía la verdad cuando le pedían clemencia. Ese papel, esa cuestión, esa jugarreta, aquel destino... era el Significado de Jennifer. 
Volvió a asustarse.
Volvió a preguntarse, volvió a dudar, volvió a inferir, volvió a suponer, volvió a deducir, volvió a negarse, volvió a pisar lo que ya había pisado... Volvió infinidad de veces a las mismas cosas, para encontrarse de nuevo más desesperada qué la última vez que se había topado con ella en ese vaivén de preguntas sin responder.
Estaba desesperada... su mente, su corazón, su ser... Y ese, era el significado de Locura.